Prólogo a la edición española
Esta serie de conferencias tratan de presentar, a un público dispuesto a profundizar en el conocimiento del hombre, la parte nocturna de la vida humana, habitualmente desconocida, apenas intuida y tal vez ensoñada, pero a la vez imposible de ignorar, ya que sólo podemos obtener la realidad completa de nuestro propio ser si la consideramos del mismo modo que a la vida despierta y diurna. La consideración de la muerte y de la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento resulta inevitable, pero ésta se resiste con toda evidencia a una conciencia basada en lo corporal. Sólo una ciencia del espíritu puede abordar y abrir la visión sobre tales abismos, que se nos presentan por lo pronto como tenebrosos. Tal vez para algunos lectores no avisados les resulte extraño el apelativo “ciencia” relacionado con el espíritu, sobre todo en estos tiempos, en los que sólo el materialismo es tildado de “científico”. Sin embargo, la ciencia es un auténtico camino de conocimiento que, honestamente, no está limitado más que por el prejuicio y el estancamiento actual, pero su devenir está al alcance del ser humano dispuesto al esfuerzo y a la disciplina que toda ciencia digna de su nombre implica. Esto no quiere decir que los comunicados de la ciencia espiritual no puedan ser comprendidos antes de haber alcanzado la mencionada capacidad de visión; para ello sólo es necesaria una mente abierta, desprejuiciada y honesta.
Trataremos de introducir al lector en una corta reflexión, abordable con nuestro pensar activo y destinada a formular científicamente el problema de la muerte.
¿Quién no ha pensado en la muerte y en el hecho de que es la primera certeza que tiene todo hombre? Es decir, lo único que se sabe de cierto es que se va a morir, pero también he aquí el primer gran desafío pensante respecto al conocimiento de uno mismo sobre algo que siempre, cuando estamos vivos, le pasa a… “otro”.
El hombre auto-consciente, que se siente autor de sus pensamientos, experimenta el pensar relacionado directamente con sus percepciones sensoriales respecto al mundo exterior, es decir, experimenta la puesta en marcha del pensar ligada a la observación de este mundo. A través de la observación se obtienen percepciones, y el pensar las concibe, las relaciona, les añade conceptos e ideas. El pensar aparece, por tanto, como actividad ligada a la percepción, es decir, implícita a la vida dentro de un cuerpo físico que permite dichas percepciones. Pero, claro está, la muerte desafía esta circunstancia, ya que se presenta como el abandono radical de esto. Por lo tanto, de lo anterior resultaría que la muerte no se puede pensar o que solamente se puede hacer fuera de la propia experiencia. ¿ Quién ha pensado sobre la muerte propia?
Sócrates lo expresa en el momento de tomar la cicuta: “Ahora veré si he filosofado bien”. No sería en vano que el lector se preguntara por el significado de esté “veré” pronunciado por el padre indiscutible del “filosofar”. Todo indica que sus esfuerzos vitales y filosóficos prepararon este momento, un vivir, un filosofar que le permitiera morir bien. La muerte marca, en efecto, un cierto límite al que la misma filosofía se tiene que rendir. Sin embargo, la misma actividad pensante, como insólito quehacer espiritual en lo humano, puede todavía aquí hacer gala de su honestidad y coherencia.
¿Si la muerte es el fracaso evidente del cuerpo, lo es también para el alma y el espíritu? Ésta es la verdadera pregunta.
Sin embargo, dada la idea que el alma tiene que formarse en relación con el hecho de la muerte, puede ser forzada a una incertidumbre completa en lo que respecta a su propio ser. Y se producirá este caso cuando crea que no puede obtener conocimiento de cualquier otro mundo que no sea el mundo de los sentidos y de aquello que el intelecto sea capaz de comprobar acerca de dicho mundo.
La idea de que el alma abandona el cuerpo, que seguirá sujeto a las leyes y a los elementos y procesos naturales del mundo exterior, leyes que no tienen relación con la vida interior, pone la experiencia de la muerte frente al alma de un modo que no resulta para nada insoportable, porque, además, por otro lado, el pensamiento de que el alma comparte el destino del cuerpo es absurdo. La idea sólo se torna penosa cuando implica que la materia y las fuerzas del cuerpo, al volver al mundo exterior, se llevan consigo el alma y las experiencias de su vida.
-“Atribuir al mundo externo una relación completamente diferente con el cuerpo mientras dura la vida y otra después de la muerte, es una idea absolutamente fútil. Y como tal, será siempre repetida por la realidad; mientras que la idea de que la relación entre el mundo exterior y el cuerpo sigue siendo la misma antes y después de la muerte, es completamente sana. El alma, al mantener este punto de vista, se siente perfectamente en armonía con la evidencia de los hechos. Siente que esta idea no está en conflicto con los hechos, los cuales hablan por sí mismos y a los que no es necesario agregar ningún pensamiento artificial…. La única idea posible en sí misma es que la combinación especial de fuerzas que viene a la existencia junto con el cuerpo, se mantiene tan indiferente al cuerpo en su carácter de vehículo del alma como esas combinaciones de fuerzas que producen los procesos en el cuerpo muerto. Esta indiferencia no existe por parte del alma, sino por parte del cuerpo y sus fuerzas. El alma adquiere experiencia de sí misma por medio del cuerpo, pero el cuerpo vive en, con y por medio del mundo externo, y no concede mayor importancia a los fenómenos psíquicos que a los del mundo exterior... El creciente conocimiento que aporta la ciencia de nuestros días respecto a cómo se combinan las leyes del mundo externo con esa entidad que se presenta como cuerpo humano no podrá cambiar en nada la actitud que el alma tiene que adoptar para meditar acerca de su relación con el cuerpo. Al contrario, aportará más y más evidencia de que las leyes del mundo exterior permanecen en la misma relación con el alma antes y después de la muerte. Reconoceremos cada vez más claramente lo que tiene lugar en el cuerpo durante la vida, pero los procesos en cuestión serán siempre sentidos por el alma como algo fuera de ella, en la misma forma que los procesos del cuerpo después de la muerte”.
Lo anterior pone en evidencia la limitación que experimenta el alma en la medida en que es incapaz de formarse ideas más allá del mundo exterior, es decir, formarse una idea respecto a su propio ser. Lo que le ocurre al cuerpo después de la muerte lo puede saber a través de la observación del mundo exterior; sin embargo, respecto a la experiencia interior está limitada mientras se perciba a sí misma por medio de los sentidos de la vida ordinaria. Frente a esta situación sólo caben dos decisiones: o suspender toda investigación respecto al misterio del alma, o bien hacer el esfuerzo para obtener mediante el fortalecimiento del alma la experiencia de una realidad interior no proporcionada por los instrumentos habituales, como son el cuerpo y el intelecto.
Según Rudolf Steiner, el pensamiento humano puede llegar a ser el instrumento de una nueva clarividencia. La primera condición para ello es su ampliación y su intensificación. Sólo esto garantizaría la claridad de la conciencia que se confronta con las investigaciones espirituales. La actividad pensante humana se unirá con el acto creador que ha pensado el Universo. Y se identificará con los fenómenos de la vida, recreando la unidad entre sus elementos, llegando a la visión global y perpetua de la Idea, que se tendrá en la conciencia como una fuerza cósmica, como una fuerza que “piensa en el Yo”. En comparación con estas ideas vivas y perdurables nuestras reflexiones cerebrales aparecerán como esquemas y sombras proyectadas.
El hombre pertenece a la Tierra con su cuerpo, pero con su alma pertenece al psiquismo universal y con su espíritu pertenece a la inteligencia divina. Si no percibe esto con sus sentidos corporales, creados para el mundo físico, es solamente porque no sabe servirse de otros órganos cuyos vestigios y gérmenes se encuentran en su alma y en su espíritu. Pero si ejercita estos órganos, estos mundos se le abrirán, pasará el umbral y será un habitante de estos mundos tan lúcido como lo es, con la ayuda de sus sentidos físicos, como habitante de la Tierra.
Este ciclo de conferencias que ahora presentamos abre la visión hacia una cosmosofía en la que nuevamente el hombre, atravesando esta vez la esfera de la libertad, puede volver a integrar su ser en el concierto del acontecer universal, recobrando el sentido verdadero de la historia y de la evolución.
-“ Si consideramos a la humanidad en general y a los iniciados en los misterios de los tiempos antiguos, podemos apreciar que la visión que tenían del mundo estaba orientada de manera muy distinta a la de hoy. Y si nos detenemos a observar lo que el hombre es capaz de conocer desde la mitad del siglo XV en adelante, en virtud del modelo de conocimiento instaurado desde entonces, vemos que se forma sus representaciones sobre la evolución terrestre y sobre la evolución del género humano, pero se le escapan aquellas representaciones capaces de plantear de manera satisfactoria el principio y el final de la Tierra. Se diría que dominamos con la mirada una cierta línea evolutiva y que somos capaces de remontarnos en el tiempo desde el punto de vista histórico y geológico. Pero nos remontamos, no obstante, formulando hipótesis. Ponemos al principio de todo la nebulosa primordial, que parece ser una estructura física. Después de ésta se desarrollan (o mejor, no se desarrollan, pero presumimos que se desarrollarían) los seres superiores de los reinos naturales, plantas, animales, etc. Luego, de nuevo nos figuramos, conforme a las ideas de la física moderna, que al final la existencia terrestre se disgregará en la muerte por el calor, otra hipótesis nuevamente. En cierto sentido vemos un trozo entre el inicio y el final. Pero el principio y el fin se difuminan como estructuras insatisfactorias delante de la mirada humana actual.
En los tiempos antiguos esto no era así. En los tiempos antiguos, en virtud de la manifestación del elemento divino-espiritual en la apariencia, los hombres tenían ideas precisas sobre el inicio y el fin de la Tierra. Podríamos mirar el Antiguo Testamento y otras doctrinas religiosas: ahí se desarrollan imágenes sobre el inicio del mundo en el modo en que podrían ser dadas entonces para que a partir de ellas el hombre comprendiese su propia existencia sobre la Tierra. Pero basándonos en la nebulosa primordial de Kant-Laplace nadie puede comprender la existencia humana sobre la Tierra.”.- Rudolf Steiner
Esta pérdida absoluta de la capacidad para formarse una representación tanto sobre el principio como sobre el fin, representaciones tan abundantes e indispensables en todas las cosmogonías paganas, tiene un preciso sentido dentro de la emancipación de la humanidad como alma de conciencia, proceso que comenzó en el Renacimiento y que encuentra en la actualidad su máxima expresión. Es una emancipación de los poderes divinos creadores y tutelares, que la emplaza de forma radical a hacerse valer como espíritu libre. Esta espiritualidad será conquistada en las batallas éticas que cada uno de los hombres tendrá que sostener, en la búsqueda consciente del sentido de una vida en la cual se encuentra sumergido y cuyas claves tiene que crear en los mismos misterios de la existencia. Pero este abandono de los Dioses coincide con el misterio del Dios que se hace hombre y que se llama a sí mismo también Hijo del Hombre. Este misterio le ofrece al hombre la posibilidad de experimentar interiormente una espiritualidad que en el pasado sólo actuaba desde el exterior, dándole forma, luz y vida. Esta posibilidad es una opción completamente libre. Lo que se le oculta como principio y fin le será restituido en la presencia, una presencia de espíritu que puede resolver activamente el misterio del tiempo, permitiéndole remontar conscientemente las direcciones hacia el pasado o hacia el futuro. Pero cada hombre lo ha de alumbrar en pleno acto de amor, como el arte misterioso que brota libremente. Por eso es padecimiento y sacrificio, creación en suma. Es inspiración, llamada, ímpetu divino. Y justicia caritativa: ocasión tendida hacia lo que no logró ser, para que al fin sea. Continuidad de la creación.
-“La nueva humanidad no debe señalar más allá de la Tierra, sino a través de ésta, cuando hable del Cristo; debe buscar el Sol en el hombre del Gólgota. Al reconocimiento del Sol cómo ser espiritual se vinculaba una representación humanamente posible acerca del inicio y del fin de la Tierra. Con la idea de Jesús, en el que el Cristo ha habitado, es posible una representación humana, posible y digna, del centro de la Tierra, desde donde irradia hacia el inicio y el fin aquello que nuevamente hace aparecer el cosmos entero como algo donde el hombre tiene lugar. Por lo tanto, deberíamos ir al encuentro de una época en la que no se formulen hipótesis sobre el inicio y el fin de la Tierra a partir de las ideas científicas materialistas, sino basadas en el conocimiento del misterio del Gólgota y en su influencia para el devenir cósmico. En el Sol que ilumina en el exterior, el hombre antiguo percibía al Cristo extraterreno. Con el correcto conocimiento del misterio del Gólgota vemos en el devenir terreno histórico, gracias a Cristo, el Sol del devenir terreno. Así resplandece hacia el exterior en el universo y así resplandece en la historia; hacia el exterior, físicamente, y en la historia, espiritualmente; Sol aquí, Sol allá. El acceso al misterio del Gólgota se ofrece en la perspectiva de la libertad. La nueva humanidad debe encontrar este acceso si quiere adquirir fuerzas de renacimiento y superar las fuerzas de decadencia.” - Rudolf Steiner.
El contenido de estas conferencias puede ser de enorme ayuda para comprender como la conquista de la libertad, verdadero bastión de la espiritualidad humana que se tiene que experimentar durante la vida terrestre, está íntimamente relacionada con la consistencia espiritual de nuestro ser para que pueda continuar sin perderse después del umbral de la muerte.
Madrid, Diciembre, 2010
Vlad Apetrei

Enhorabuena por la hermosa nave que acabáis de entregar al mar. Los mejores augurios para vuestra magnífica travesía. Una buena parte del futuro latir de mi corazón os acompañará de puerto en puerto. Gracias por vuestra invitación, poetas y pintores de la fraternidad por venir; a todos, gracias.
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